Una asistente al 31° Festival de Cine Latinoamericano relata su experiencia en el cine de barrio, donde la fotografía y los sentidos se combinan para capturar la esencia del lugar.
Por Luna Tettamanti
No soy fotógrafa, pero algo de la fotografía siempre me llamó la atención. Conseguí una cámara hace unos meses, una Coolpix T500. Estuve un mes sin comprarle las pilas y ahorrando para la memoria. Hasta que un día, mi mejor amiga me acompañó a comprarla, con la excusa de tenerla lista para el cumpleaños número 85 de mi abuela. Sin darme cuenta, empecé a llevarla a todos lados.
Así terminé en el 31° Festival de Cine Latinoamericano, casi arrastrada por mi amiga. Llegué media hora antes de la función, lo que me permitió tener treinta minutos para registrar todo aquello que llamara mi atención. La idea era percibir, prestar atención a los detalles. En total saqué 188 fotos.
En un principio fotografié únicamente a las personas mayores que esperaban en la fila. Le pregunté a una de las chicas que trabaja ahí por qué cree que tiene tanta convocatoria y me dijo que el Lumier tiene la identidad de ser un cine de barrio. Conforma su identidad como una simbiosis: el Lumier a Arroyito y Arroyito al Lumier.
La noche tuvo emociones, encuentros y vínculos que pude capturar con la cámara. Capturé muchas sonrisas, cabezas indefinibles en una sala oscura frente a una gran pantalla, un piso que reflejaba la luz proyectada. El año pasado y el anterior solíamos ir mucho con mi papá y mi hermana. Este año volví por primera vez y eso me dio nostalgia.
Es un cine con una sola sala de proyección que parece sostenido en el tiempo: afiches viejos, sillas que chiflan, maderas que suenan. Tiene cosas que no se perciben con una cámara: voces de una sala llena, ruidos de pasos, risas, aplausos, olor a naftalina, a ropa guardada, al café del otro lado de la sala. Incluso cambia completamente con las luces encendidas. Luces amarillas, tonalidades verdes, techos extremadamente altos.
Mientras me sentaba pensaba en cuánta gente vive en Rosario y uno no conoce, pero con la que comparte un sábado 30 de mayo a las 20:37. Gente que, contra la naturaleza de una ciudad atravesada por la velocidad y la inmediatez, decide reunirse en una sala oscura para compartir una historia.
Terminé viendo una película en el Lumier, pero también terminé encontrando algo más: un lugar donde todavía es posible detenerse, mirar, escuchar, compartir, y por unas horas, romper con la inmediatez.
