miércoles, octubre 14, 2026

Valentín Yankelevich relató episodios de violencia en su infancia y Darío Giordano los rechazó

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El hijo de Romina Yan y nieto de Cris Morena y Gustavo Yankelevich detalló agresiones físicas y psicológicas atribuidas a su padre entre los 7 y 9 años. Giordano negó los hechos y afirmó que fue sobreseído en 2018.

A más de una década del fallecimiento de la actriz Romina Yan en septiembre de 2010, su hijo Valentín Yankelevich hizo público un relato sobre la infancia que atravesó en los años posteriores a la pérdida de su madre. El joven de 23 años, actual piloto de Turismo Carretera, sostuvo haber sido víctima de un entorno marcado por la violencia física y psicológica ejercida por su padre, Darío Giordano.

El relato de Valentín Yankelevich

Según detalló Valentín, los episodios de agresión comenzaron cuando él tenía entre 7 y 9 años. Las situaciones de maltrato incluían agresiones físicas, castigos como dejarlo encerrado en su habitación y privaciones cotidianas. «Las ocho horas que pasaba en el colegio eran las mejores del día porque no volvía a mi casa», declaró, y remarcó que el ámbito escolar era su único escape frente a un clima que definió como «un dolor incomprensible».

La intervención de sus abuelos y el proceso judicial

Ante la gravedad de los hechos, Cris Morena fue la primera en notar conductas anómalas en la rutina de sus nietos y advirtió a Gustavo Yankelevich. La situación llegó a un punto de quiebre cuando el hermano mayor, Franco, le pidió expresamente a su abuelo irse a vivir con él. Al intentar coordinar el traslado, Yankelevich se encontró con la negativa de Giordano, lo que confirmó las sospechas de la familia y aceleró el recurso a las vías judiciales.

Finalmente, la Justicia le otorgó la custodia de Valentín y Franco a Gustavo Yankelevich, momento en que los dos hermanos mayores abandonaron definitivamente la residencia paterna. Como símbolo de este corte con el pasado, Valentín optó con el tiempo por reemplazar su apellido paterno por el materno y dejó de dirigirse a Giordano como su padre.

El silencio y la separación de su hermana

Uno de los aspectos centrales de su testimonio fue la razón por la cual guardó silencio durante tantos años. Valentín explicó que la decisión de callar obedeció a dos factores: respetar los tiempos del proceso judicial por indicación de su abuelo y resguardar la integridad de su hermana menor, Azul, quien continuó bajo la tutela paterna.

El joven admitió que distanciarse de su hermana en aquel momento fue un proceso sumamente doloroso, dado que ella era muy pequeña para comprender plenamente la partida de sus hermanos. Con el paso del tiempo, el vínculo entre ellos se recompuso por completo. Recientemente, tras radicarse Azul en California (Estados Unidos) para continuar sus estudios universitarios en Chapman University, Valentín sintió la tranquilidad necesaria para dar a conocer su historia.

La desmentida de Giordano y el apoyo del ambiente artístico

Ante la difusión del testimonio de su hijo, Darío Giordano emitió un extenso comunicado en el que rechazó en forma categórica las declaraciones de Valentín, asegurando que los episodios denunciados nunca existieron.

En contraposición, Gustavo Yankelevich reaccionó públicamente a través de sus redes sociales para expresar su admiración y profundo amor hacia sus nietos por la fortaleza demostrada para salir adelante. Sus palabras encontraron un inmediato eco en el ambiente artístico, donde diversas figuras del espectáculo —entre ellas el actor Nicolás Vázquez— manifestaron abiertamente su solidaridad y respaldo hacia la familia Yankelevich.

El presente de los hermanos Yankelevich

A pesar del complejo contexto que debieron atravesar en sus primeros años, los tres hijos de Romina Yan han logrado reencauzar sus proyectos personales y profesionales:

  • Franco Yankelevich: El mayor de los tres hermanos se ha volcado al arte, desarrollando una carrera en la música y la actuación, con una activa presencia en redes sociales.
  • Valentín Yankelevich: Se volcó de lleno al automovilismo deportivo, habiendo concretado su debut como piloto en el Turismo Carretera.
  • Azul Yankelevich: Mantiene un perfil más reservado y cursa estudios orientados al ámbito de los negocios en los Estados Unidos.

El comunicado completo de Darío Giordano

Comunicado de prensa

Soy una persona simple. Me crié en un barrio, rodeado de amigos y, sobre todo, de mucho amor. Nos enamoramos profundamente con Romina y decidimos formar una familia. De ese amor nacieron nuestros tres hijos, que fueron y siguen siendo lo más importante de mi vida. Fuimos padres muy jóvenes, aprendimos mientras construíamos nuestra propia historia y compartimos sueños, alegrías y dificultades, como cualquier familia.

La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella. De un día para otro perdí a mi compañera, a la mujer que amaba y a la persona con la que había imaginado pasar el resto de mi vida.

Pero no tuve tiempo de detenerme. Había tres chicos que también habían perdido a su mamá y que necesitaban a su papá. Desde entonces, todo cambió.

Muchas personas quisieron ayudarme. Todos tenían una opinión sobre lo que debía hacer, cómo debía seguir y cómo tenía que criar a mis hijos. Agradezco la ayuda de quienes estuvieron cerca en ese momento, pero viudo a los 36 años y en medio de ese dolor había algo que tenía absolutamente claro: quería estar con mis hijos y seguir siendo su papá.

Sin embargo, a la pérdida de Romina se sumaron conflictos y situaciones que jamás hubiera imaginado atravesar. En el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida, cuando intentaba reconstruir una familia atravesada por una ausencia irreparable, también me encontré teniendo que defender mi lugar como padre.

Y no siempre fue en igualdad de condiciones. Hay personas poderosas que tienen la posibilidad de instalar su versión de una historia. Otras, como yo, apenas tenemos nuestra palabra. Pero la exposición pública, los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.

Tuve que aprender a vivir con la ausencia de Romina y, al mismo tiempo, acompañar a tres chicos que también habían perdido a su mamá. No fue fácil. Seguramente cometí errores. Nunca pretendí ser un padre perfecto. Hice lo que pude, con las herramientas que tenía y en circunstancias que jamás hubiera imaginado atravesar.

Pero una cosa es reconocer mis errores como padre y otra muy distinta es aceptar que se construya sobre mí una imagen que no reconozco. Hoy me encuentro frente a acusaciones públicas de una gravedad enorme que me producen un profundo dolor.

Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia. Estas cuestiones fueron objeto de una causa judicial y considero importante que se conozca lo que efectivamente resolvió la Justicia, se trata de una causa en la cual fui sobreseído en el año 2018. Como siempre sostuve, esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron y por lo tanto nunca fueron comprobados.

Además de Franco y Valentín, tengo dos hijos más, Azul y Dante. Estoy seguro que ellos no reconocen vivir ni haber vivido ninguna situación como las que escuchamos estos días en los medios. Siempre me resultó extraño que alguien ayudara a salir de un hogar supuestamente violento a dos menores y dejara allí a una pequeña de apenas siete años. Hoy una hermosa mujer de 20, que estudia en el exterior, y cada vez que retorna al país vuelve a nuestra casa.

Pero hay algo que para mí es todavía más importante. No voy a discutir públicamente con mi hijo Valentín. No voy a responderle a través de los medios de comunicación. No voy a cuestionar sus sentimientos ni a exponer episodios de nuestra intimidad familiar para intentar demostrar que tengo razón. Lo amo y siempre lo amaré con toda mi alma, como lo amamos con Romina desde el momento en que decidimos traerlo a este mundo. Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso y puedo entender su angustia.

No escribo esto para enfrentarme con nadie ni para volver a abrir heridas del pasado. Pero tampoco puedo seguir aceptando que mi silencio se interprete como una confirmación de todo lo que otros dijeron sobre mí.

Durante todos estos años elegí mantener mi vida familiar en la intimidad. Nunca quise convertir nuestro dolor en un espectáculo público, porque siempre entendí que mis hijos necesitaban preservar sus recuerdos, sus sentimientos y su historia. Aún cuando en el dolor tuve que entender que la historia no era como yo la había vivido. Entre otras cosas, nunca pudimos entender con claridad que paso aquel 28 de septiembre de 2010.

Mis hijos tienen derecho a sus sentimientos, a sus recuerdos y a construir su propia mirada sobre nuestra historia. Yo también tengo mi historia, mis recuerdos y mis dolores, que por respeto decidí guardármelos, por eso no creo que debamos discutirlos frente a las cámaras.

Lo que sí me resulta profundamente injusto es que una historia familiar tan dolorosa termine convertida en una disputa pública en la que parece tener más razón quien tiene más poder para hacerse escuchar.

Durante años vi cómo se hablaba de mi familia, de mis decisiones y de mi rol como padre. Muchas veces sentí que se juzgaba mi vida desde afuera, sin conocer lo que verdaderamente significaba atravesar esa pérdida y tratar de seguir adelante.

Nunca quise utilizar ni lucrar con el dolor de mi familia. Nunca busqué cámaras ni titulares para defenderme. Y sigo creyendo que el amor por mis hijos debería estar por encima de cualquier diferencia personal, de cualquier disputa de poder y de cualquier necesidad de tener la última palabra. En ese camino he resignado muchas veces cuestiones de índole personal e incluso material.

Proteger a una familia no debería significar enfrentar a quienes la integran, y mucho menos convertir el dolor de mis hijos en una discusión pública entre adultos, aun cuando entiendo que alguno de ellos no puedan procesar el dolor que la partida de Ro significó para todos nosotros.

Sé que esta decisión puede tener un costo enorme para mí. Sé que habrá quienes me me condenen sin escuchar mi versión. Pero ser padre también significa estar dispuesto a soportar ese costo antes que iniciar una batalla mediática que solo puede provocar más dolor.

No escribo estas palabras para pedir compasión ni para convencer a nadie de que fui un padre perfecto. Las escribo porque tengo derecho a defender mi nombre, mi historia y mi lugar como padre.

No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros.

Por encima de cualquier acusación, de cualquier conflicto y de cualquier diferencia, hay algo que nunca cambió: soy el papá de mis hijos. Los amo profundamente. Los amé desde el primer día y los voy a amar siempre.

Darío Giordano

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