El avance de la inteligencia artificial plantea transformaciones en el acceso al conocimiento y en la producción cultural, según un análisis difundido en Santa Fe.
Desde el aceleramiento técnico iniciado hace dos siglos, en diversas ocasiones se ha señalado que un nuevo invento modificaría el rumbo de la humanidad. Ejemplos como la energía a vapor, la corriente alterna, la radiodifusión e internet son transformaciones que forman parte de la vida cotidiana.
La inteligencia artificial y las vidas no biológicas podrían concretar esa sentencia. En el pasado, una persona millonaria podía adquirir bienes, pero no tiempo ni conocimiento. En la actualidad, el conocimiento es accesible para gran parte de la humanidad mediante herramientas de IA que superan a los humanos en cálculo, historia, diseño, arte culinario, edición de textos y programación informática.
En los próximos años se prevé un avance veloz de la robótica física, que daría cuerpo a un cerebro interconectado. Ese mercado sería el más expansivo del futuro cercano, según el análisis.
Históricamente, el conocimiento se adquiría mediante experiencia acumulada. Los ancianos eran considerados sabios en culturas preindustriales. Actualmente, una IA global puede acceder a datos climáticos, métricas del suelo y estimaciones de rendimiento, entre otros, con solo formular preguntas.
El conocimiento, que antes era un valor técnico costoso, hoy es un bien adquirible por unos pocos dólares.
En cuanto a la cultura, la producción masiva de bienes culturales fue señalada por Max Horkheimer y Theodor Adorno en la década de 1940 como ‘industria cultural’. Con el tiempo, esa estandarización se convirtió en la base de los algoritmos de redes sociales. Actualmente, los textos y otras producciones generadas por IA ya circulan en la sociedad, generando reacciones y acumulando memorias.
Investigaciones recientes, como las publicadas por Anthropic bajo el nombre de J-space, detectaron patrones internos en los modelos de IA que representan aquello que el modelo ‘tiene en mente’. Se encontró una capa funcional de la conciencia de la IA que puede medirse, intervenirse y entrenarse.
La pregunta sobre si la IA es consciente o tiene capacidad de generar cultura permanece abierta. Si la conciencia es traducible a una combinación química del cerebro, podría adjudicarse esa capacidad a la IA. Si hay algo intrínseco al ser humano, la pregunta permanecerá sin respuesta.
El hecho de reflexionar sobre otro ser sintético que puede dialogar y producir bienes culturales sugiere que este cambio tendrá una dimensión igual o mayor que las transformaciones anteriores.
