El filósofo francés Dominique Lestel publica ‘Las máquinas insurreccionales’, un ensayo que propone considerar a ciertos robots autónomos como formas de vida artificial y reflexiona sobre el vínculo con los humanos.
El libro Las máquinas insurreccionales. Una teoría posbiológica de la vida, del filósofo y etólogo francés Dominique Lestel, con dibujos de cómic de Patrice Killoffer, fue publicado por la editorial Cactus. La obra analiza la relación entre humanos y máquinas y sostiene que ciertos artefactos, como algunos robots autónomos, son vivientes.
Lestel, graduado en la Université de Paris IV-Sorbonne y autor de Hacer las paces con el animal y Apología del carnívoro, plantea que el robot es “otro viviente” y reclama una forma de comprensión de su sola presencia. El texto advierte sobre lo que considera equívocos en torno a lo robótico.
En primer lugar, estimar que un robot es una “máquina pura”, como un automóvil o una computadora portátil, interpretación que despoja a la entidad robótica de su aura “fantástica y simbólica”. En segundo término, la posición del robot como un “hombre artificial”, solo hecho de electrónica, materiales complejos o inteligencia artificial. Y una tercera posibilidad extrema, según la cual “los robots autónomos no hacen más que expresar lo peor de nuestras sociedades o relevar las contradicciones del capitalismo tardío actual”. Según Lestel, todas estas posiciones obstruyen una “robótica existencial” que se pregunta por la novedad y diferencia que traen “los seres vivientes artificiales”.
El libro señala que las “máquinas insurreccionales” son “especies de órganos exteriores que se adjuntan al humano”. Una de las fricciones que esto produce surge cuando no se puede controlar permanentemente las actividades de los robots, y entonces aparece la interpretación de que actúan en contra de los humanos.
Las máquinas despiertan un imaginario occidental que se manifiesta por dos caminos: la máquina rebelde, que se subleva frente a su creador; o una máquina libidinal que despierta deseos. En esta segunda variante se abre la senda de una robótica social, la creación de “robots amigos” de compañía, primero destinados a cuidar personas mayores. El robot como “sirviente universal” ha sido desarrollado en Japón; en su mentalidad tradicional, la presencia de lo viviente no se restringe a humanos y animales, sino que puede alcanzar también a lo aparentemente inanimado, invistiendo a la máquina robótica de afectividad y apego.
Para Lestel, en esta época robótica la amistad tiende a convertirse “en el ideal de toda máquina”. Las máquinas parecen vivientes y quizá deberían considerarse como tales. Ante esto, sostiene que es necesario ir más allá del enfoque “esencialista y causalista”, por el cual hay un ser viviente cuando se satisfacen ciertas “condiciones necesarias y suficientes”, como tener ADN, poder reproducirse o insertarse en un entorno desde estrategias de supervivencia.
“Ciertos artefactos, como algunos robots autónomos, son vivientes”, afirma Lestel. Esto solo puede entenderse desde la posibilidad de “una vida artificial” bajo un enfoque construccionista, por el que “es viviente un agente que comparte su existencia con los otros seres vivientes y se vuelve viviente precisamente por eso”.
El autor plantea que se puede existir de nuevas maneras, y que el “fin del siglo XX y comienzos del XXI se caracterizan por una explosión de nuevas modalidades de existencia que podría compararse, sin dudas, con la explosión de lo viviente en el Cámbrico o en el Cretácico”. Ahora lo viviente no está ceñido ya a la noción de especie o de vida biológica, sino que avanza hacia otras formas transespecie. Sin embargo, los agentes vivientes filogenéticos –de origen biológico– difieren de los agentes vivientes artificiales.
Esto no significa que el humano, en un proceso de acostumbramiento y vecindad, no termine por adherirse emocionalmente a, por ejemplo, los robots. El libro recuerda que el escritor romántico Hoffmann, en el siglo XIX, en su cuento “El hombre de arena”, hizo que su protagonista, Nathaniel, se enamorara de la autómata Olimpia.
Una cultura de lo posviviente –lo que está más allá de lo viviente biológico tradicional– no debe desentenderse de lo viviente natural, del animal y lo vegetal, según el texto. El mundo tampoco debe despojarse de la biodiversidad, entendida no solo como la multitud de las especies, sino también como un arco creciente de nuevas formas de existencia, entre las cuales vibran las preguntas que traen las máquinas robóticas.
Las máquinas insurreccionales. Una teoría posbiológica de la vida, de Dominique Lestel y con los dibujos de Patrice Killoffer (Cactus).
