El realizador chileno Pablo Larraín dirigió para Netflix una miniserie de ficción paranormal basada en cuatro relatos de Mariana Enríquez, entre ellos «Mis muertos tristes». La producción aborda temas sociales en un entorno urbano degradado y cuenta con las actuaciones de Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carlos Portaluppi.
El realizador chileno Pablo Larraín (Tony Manero, No, Neruda, El club y Spencer, entre otras) creó para Netflix una miniserie dramática basada en los relatos de Mariana Enríquez «Un lugar soleado para gente sombría», «Julie», «Cuando hablábamos con los muertos» y el que le da el título, «Mis muertos tristes». La producción combina elementos sobrenaturales con comentarios sociales en una historia ambientada en una zona devastada por la violencia, la precariedad y la injusticia.
La trama sigue a Ema, una mujer que habla con los muertos, quienes le confiesan el modo y motivo de sus muertes, la mayoría violentas y producto de la ruptura del lazo social. Estos espíritus interactúan con otros personajes principales, como Caro (Dolores Fonzi), hija de Ema y fotógrafa que intenta capturar a los fantasmas con su cámara; Lidia (Alejandra Flechner), hermana de Ema, que vive en Estados Unidos y junto a su marido (Carlos Portaluppi) llegan para internar a su hija Julie (Carolina Álvarez), una chica con graves problemas de sobrepeso que se ha fugado de institutos en Portland; y Luz Giménez, actriz chilena que compone a la madre de Ema, cuyo fantasma es el motor esencial de la historia.
La miniserie se caracteriza por virtuosos planos secuencia y una coloración marcadamente opaca. Incluye un fuerte subrayado político hacia los acontecimientos, sin sesgo panfletario, y muestra los intersticios de barrios abandonados por las gestiones oficiales de turno. También aborda la fraternidad entre mujeres, las dificultades de los duelos, las reconciliaciones y las culpas.
Enormes monoblocks de arquitectura brutalista conforman un escenario donde la degradación de las relaciones entre sus moradores es el caldo de cultivo para que pululen las víctimas de los linchamientos y el gatillo fácil, que se le aparecen a Ema para contarle sus angustias y penas. A través de ellos, esa médica jubilada irá construyendo un mapa de pesares y existencias malogradas surgidas del resentimiento, los falsos mitos y la inestabilidad social.
Mis muertos tristes despliega un tono irónico permanente y cierto humor ácido, sobre todo en la figura de Ema, pero también en su sobrina Julie, quien detona el devenir sustancial e ingrato de la historia, víctima ella misma, pero al mismo tiempo casi una conciencia del goce y el placer negado a los diferentes, a aquellos que no responden a los cánones de una sociedad normatizada.
De este modo, la miniserie abona a lo que podría denominarse un realismo exasperante envuelto en una historia de fantasmas y espíritus, lo que suele denominarse ficción paranormal en literatura, porque define una estética que parte de elementos reales y reconocibles de un estamento degradado de la sociedad argentina, y que este relato audiovisual multiplica en su intensidad e incomodidad.
Lo que lo hace atractivo reside en esa microresistencia que ejerce el personaje principal, Ema, enfrentándose tanto a las calamidades de las políticas de una empresa de servicios públicos como a una patota armada en esa tierra de nadie y constituyendo una suerte de refugio ético frente a la degradación social.
