La poeta y escritora visitó Ponsatti Libros en Funes, donde leyó sus libros, actuó y respondió preguntas de sus lectores. En diálogo con El Ciudadano, habló sobre su proceso creativo, la literatura infantil y el humor.
Por Camila Reciuto / Especial para El Ciudadano
A finales de septiembre, la poeta y escritora Adela Basch visitó Ponsatti Libros en Funes, en un encuentro para grandes y chicos, donde leyó sus libros, actuó y respondió preguntas de sus lectores. Además, conversó sobre su camino en la escritura, su relación con los más pequeños y la importancia de la imaginación y el humor en su vida.
—¿Cómo alimentabas tu imaginación cuando eras chica y cómo la alimentás ahora? ¿Cambió algo?
—No estoy segura, pero me parece que no cambió mucho. El alimento principal, creo yo, eran los libros. Antes de aprender a leer, eran los cuentos que me leían o que me contaban. Los sueños también eran un alimento para la imaginación. Ahora que soy grande, me parece que es lo mismo. No detecto alguna diferencia sustancial. La lectura, diría el teatro, el cine también son alimentos para la imaginación. Creo que la sensación de que no sé mucho me empuja a ir un poco más allá siempre; es también un alimento para la imaginación, porque me parece que la imaginación es una manera de conocer. Creo que muchas veces uno imagina algo y eso que uno imagina tiene que ver con la realidad más de lo que uno pensaba, con lo desconocido que se vuelve conocido.
—¿En qué momento te sentís niña de nuevo?
—Te diría que me siento niña casi siempre. Son más los momentos en que me siento niña que los momentos en que me siento adulta. Me siento adulta cuando tengo que firmar un contrato, cuando tengo que pagar las cuentas, cuando tengo que moverme en ese mundo, me siento adulta. Por suerte me puedo mover en ese mundo. La verdad, yo siento que estoy actuando de adulta. Siento que estoy actuando, que es un papel, pero que en realidad, si me saco todo el vestuario, todas las caretas, las máscaras que me pongo para ser adulta, yo soy una niña.
—¿Cuándo te diste cuenta de que querías escribir para los chicos?
—No estoy segura, pero creo que tiene que ver con que para mí los chicos son mis pares. Me parece aburrida la gente grande. Yo misma te digo, me siento aburrida cuando actúo como persona grande. Salvo cuando la gente grande se presta a jugar, que a veces pasa, pero no es lo más común. Me parece que los chicos son lectores más interesantes, me parece que tienen la cabeza más abierta, no sé por qué, pero sintonizo mucho con ellos. No es que lo pensé, de repente dije: “Yo lo que quiero hacer es esto y me parece que esto es para que lean los chicos”. Había terminado la facultad cuando empecé a escribir y estaba muy cansada de todo el clima de erudición de la carrera de Letras, quería algo que no tuviera nada que ver con eso. Escribir para chicos no tiene nada que ver con eso.
—Cuando te encontrás con los más chicos, ¿qué sentís? ¿Qué te genera?
—Me genera una gran alegría. Aunque parezca cursi lo que voy a decir, yo siento una corriente amorosa muy grande hacia ellos. Siento que les daría lo que fuera, todo, que los amo terriblemente, que los abrazaría a cada uno. Me siento muy cómoda con ellos.
—La libertad que tenés para escribir, ¿cómo la habitás? ¿Siempre la abrazaste?
—Yo creo que siempre la abracé, pero no siempre la pude plasmar. Esa libertad es algo que me impulsa, que me mueve. A mí me parece que escribir tiene que ver con romper estructuras, por lo menos el tipo de escritura que a mí me interesa. Con los chicos, con las maestras, con los docentes en general, hago muchos talleres y a mí me parece que algo de la misión de la literatura tiene que ver con romper estructuras, con ir más allá de lo que se considera conveniente o correcto y mostrar otras posibilidades. Sobre todo cuando escribo, siento que tengo que escribir montada en esa libertad, que eso es lo que le da sentido. Hay algo que quebrar para que surja otra cosa; ¿para qué escribir más de lo mismo? Yo pienso que la misión, en alguna medida, de la literatura es romper algo que está cristalizado, que ya está inerte de tan cristalizado, que no tiene vida, y crear algo diferente y que eso impacte en nuestra vida.
—¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Qué te inspira? En el encuentro decías que escribís a partir de algo que te impacta, ¿qué es lo que te impacta?
—Son muchas las cosas que me impactan, muchas, muchas. Una cosa que me impacta es la injusticia. Creo que por eso tomé tantos protagonistas de nuestra historia como Belgrano, San Martín, como Juana Azurduy, que lucharon por la justicia. Otra cosa que me impacta mucho es la forma en que los seres humanos nos relacionamos, cómo no nos entendemos, cómo no nos escuchamos. Escribo con muchos juegos de palabras y eso puede ser muy divertido. Yo trato de que sea divertido, pero también tiene un aspecto serio que tiene que ver con esto de no entenderse y de no escucharse bien. Si yo no escucho bien, entiendo cualquier otra cosa. En realidad, la sensación que yo tengo es que en nuestro mundo a todos nos interesa que nos escuchen, pero estamos poco dispuestos a escuchar a los demás; eso genera muchos problemas de relación. Esa es una de las cosas que me impacta y que tal vez no aparezca de manera muy explícita en mis libros, pero para mí siempre está sobrevolando este problema de no escucharse y de entender mal lo que el otro dice. Otra cosa que me impacta es la generosidad, la capacidad de dejar algo de uno para hacer algo por los demás. La capacidad de salirse del lugar donde uno se cree el centro del universo. Por eso también me ha interesado tanto hablar de algunas personas como los protagonistas de nuestra historia, como Rosario Vera Peñaloza, que creó los jardines de infantes en un momento donde se creía que no había por qué darles ningún tipo de educación a los chicos de esa edad, porque total no entendían nada. Me impactan las personas que luchan contra la corriente para lograr algo que va más allá de lo que está establecido, para innovar, para hacer que la humanidad evolucione en algún sentido. Por ejemplo Rosario, que luchó contra todo porque ella realmente creía que había que educar a los chicos cuando eran muy chicos, que había que empezar ahí. Es interesante que en Europa, al mismo tiempo y sin que ella supiera y sin que en Europa supieran de ella, alguien estaba haciendo lo mismo. No lo copió de nadie, fue ella. Bueno, esa capacidad de trascender lo que está establecido y de innovar, de provocar cambios, cambios que son para mejorar la vida, para traer mayor bienestar, para traer este desarrollo de posibilidades nuevas, me impacta mucho. Eso aparece, no solamente en los libros que tienen que ver con personas históricas, sino que aparece en cuentos de pura ficción, en obras de teatro de pura ficción. Es algo que a mí me impacta y que está ahí para mí siempre. Patear el tablero, ir más allá.
—Hablando de generosidad, de empatía, ¿cómo analizás el momento actual marcado por la tecnología, por la IA?
—Todavía no sé. La IA me produce un poco de escozor. No siento el deseo de entablar amistad con la IA. La tecnología pienso que, si está bien usada, puede traer beneficios, pero es un problema cuando la humanidad evoluciona mucho en algunos aspectos, por ejemplo, en el aspecto de la tecnología, pero no evoluciona en el aspecto de mejorar las relaciones. Eso es un problema y creo que si no nos apuramos para mejorar un poco, nos va a pasar por encima. De todas maneras, no tengo claro esto, son cosas respecto de las cuales yo también siento incertidumbre, tienen que ver con preguntas que yo me hago.
—¿Qué te parece que cambió en las infancias desde que empezaste a escribir hasta ahora?
—A mí me parece percibir que hay una mayor capacidad de criticar a los adultos, hay mayor capacidad de los niños para mirarnos a nosotros, los adultos, y a la sociedad que hemos creado con una mirada crítica. Hay una mayor capacidad de reflexión y de no tragarse todas las estupideces que les decimos, de no creer todo lo que nosotros creamos que es cartón pintado. Por otro lado, me parece que también están más abiertos, porque nosotros hemos podido dar un paso en ese sentido, a temas que antes no se tocaban, temas que eran tabú. Me parece que no les interesa tanto que hablemos de estupideces, o de cosas muy edulcoradas, o de tonterías. Me parece que se han vuelto más exigentes.
—¿Cómo podemos lograr que los niños lean por placer y no por obligación?
—Que lean por leer, que lean sin pedir nada a cambio. Que leer esté ligado a momentos de una entrega afectiva. Yo leo a alguien porque tengo ganas, porque pienso en esa persona o esas personas. Pienso si le va a interesar, elijo lo que voy a leer pensando que es algo que les puede interesar y, si veo que no les interesa, no insisto, busco otro tipo de cosas. En el momento que yo leo, hago a través de mi voz, incluso a través de todo mi cuerpo, una entrega. Voy a tomar a Fito: cuando yo leo, vengo a poner mi corazón. No es solamente el hecho de que estoy contando algo. No, estoy poniendo todo, estoy dando algo de mí. Me parece que eso genera una sensación placentera y me parece que ese es el camino de que los chicos puedan leer por placer. Leer es muy placentero, se puede disfrutar mucho, es muy lindo. Lo que pasa es que no tiene que ver con la obligación ni con hacer tareas. Tiene que ver con dar algo, ofrecer al otro algo y, si el otro quiere, lo toma; y si no le gusta lo que estoy diciendo, puedo buscar otra cosa; y si no quiere leer, no lee. Me parece que esos son algunos aspectos que tienen mucho que ver.
—En tu escritura, en tu narración, se podría decir que hasta en tu manera de hablar, muchas veces rimando, se juega un humor muy particular, ¿en qué influye el teatro?
—Bueno, no estoy todo el tiempo hablando con rimas. Es muy difícil porque no se me ocurriría todo el tiempo, pero aparte me traería dificultades en la vida diaria. A veces, voy a un lugar donde no corresponde hacer un chiste o una rima y lo hago y me trae problemas. Una vez estaba en la AFIP, cuando era AFIP todavía, y me estaba atendiendo una empleada, que me dijo: “Por favor, aclare acá la firma”. Y le digo: “¿Tiene tinta blanca? Para aclarar”. Yo estaba con mi contador, que me había acompañado, y me fulminó: “Nunca más hagas eso”, me dijo. O si no, también me dicen: “¿Me das una firmita?”. Y yo le hago una firmita chiquitita. Bueno, yo me di cuenta de que no puedo estar así todo el tiempo; no alcanza con fingir que soy adulta, tengo que actuar como si realmente lo fuera y dejar eso para el teatro. La vida, de alguna manera, es un escenario donde estamos siempre actuando, pero a veces tengo que elegir actuar de adulta. Siempre tengo esta sensación de que la vida es un gran teatro; trato de hacer lo mejor posible con el papel que me toca.
—¿El humor es importante para vos?
—Fundamental para atravesar la vida. El humor, me parece a mí, ayuda a darse cuenta de muchas cosas. Una es que sabemos poco, que todo se puede ver desde muchos puntos de vista, que nadie tiene una verdad absoluta, que hay muchísimo que no sabemos, que no conocemos. Porque el humor tiene mucho que ver con la posibilidad de que las cosas muestren diferentes caras al mismo tiempo. Sobre todo el humor con las palabras, el juego de palabras. Las palabras son lo que son y también son otra cosa al mismo tiempo, y eso te muestra que todo se puede ver de muchísimas maneras y que no hay lugar para el autoritarismo. El autoritarismo pretende que las cosas sean de una sola manera: “Yo tengo la verdad y el que no piensa como yo, está equivocado; el que no piensa como yo, no puede hablar; el que no piensa como yo, no tiene espacio”. El humor corroe el autoritarismo. Por eso a las personas autoritarias o a los regímenes autoritarios no les gusta el humor y suelen tener problemas con eso. Suelen censurar, desterrar, lo que fuere. Me parece que el humor trae una enseñanza de libertad.
—En el encuentro también decías que tu libro favorito siempre es el que estás escribiendo, ¿no te ha pasado alguna vez de trabarte con algún libro?
—¿Una vez? Me pasa muchísimo. Mirá, ahora estoy escribiendo un libro que empecé hace unos años y me trabé por completo; me trabé, me trabé, me trabé. Me llevó mucho tiempo destrabarme, pero me pasa muchas veces. Es muy común.
—¿Y cómo lograste destrabarte? ¿Qué te sirve a vos?
—Algo que me sirve es soltar, hacer otra cosa, olvidarme, pero dejar como una puerta abierta en la mente por donde pueda aparecer. No insistir, porque si no es peor. Hasta que se destraba. A veces me lleva unos días, a veces me lleva una semana. A veces me lleva un mes y, como en el caso de lo que estoy haciendo ahora, me llevó unos años. Hay que tener mucha paciencia.
—¿Qué clase de lectores querés formar?
—A mí me interesa formar lectores que puedan elegir por sí mismos qué quieren leer. Que se enamoren de la lectura, que lean por placer, como vos decías. Que puedan elegir ellos mismos qué leer. Lectores que tengan capacidad de discernir, capacidad de elegir, capacidad de disfrutar y de compartir con otros.
—¿Qué le dirías a los chicos que sueñan con ser escritores?
—Lo primero que les diría es que no den mucha bolilla a ningún consejo. Que escuchen, pero que no se tomen al pie de la letra nada de lo que les digan. Cada uno es diferente y cada persona que quiere escribir tiene su propio camino. Que escuchen otras opiniones de escritores, lo que sea, pero sobre todo que se escuchen a sí mismos. Que vean por dónde está el camino de ellos, qué es lo que quieren escribir, cómo quieren hacerlo. Eso es lo primero que les diría. Después les diría que tengan paciencia. Desde mi punto de vista, no se escribe algo que valga la pena de un día para el otro; lleva tiempo. Es un trabajo de persistencia. Cuando llegue el momento, si quieren publicar, que insistan, que no se den por vencidos. A mí me costó muchísimo publicar mi primer libro. Muchísimo. Que si creen que lo que hacen es bueno, que insistan, insistan, insistan.
—¿Por qué te costó tanto escribir tu primer libro? ¿Sentiste miedo en algún momento?
—Lo que escribía para mí era malo. Para mí, todo lo que estaba escribiendo era malo. Y bueno, sí, tenía miedo. Tenía miedo de que no me saliera nada bueno.
—¿Cómo rompiste con eso? ¿Fue como un salto al vacío? Como: “Ya está, no lo pienso, lo hago”.
—Sí, fue así. “Basta, no pienso más”. Paré la cabeza. Era un deseo muy grande. No sé si era un sueño, pero sí, supongo que era un sueño también. En algún momento pesó más eso que el miedo. Igual, te digo esto: yo tengo muchos libros escritos, pero cada vez que empiezo un libro nuevo, tengo miedo. En serio, eso no se me pasó. Cada vez que empiezo a escribir un libro es como la primera vez.
