En una entrevista con los historiadores Roy Hora y Javier Trímboli, en 1994, Tulio Halperín Donghi afirma sobre Argentina en el callejón, un trabajo suyo publicado 30 años atrás que estaba siendo reeditado en ese momento: “El peronismo creó una nueva sociedad muy atractiva, y por eso la gente no quiere renunciar a ella por nada. Pero al mismo tiempo era una sociedad insostenible”.
Lo cuenta Pablo Gerchunoff en el prólogo de otro libro de Halperín Donghi, el imprescindible La larga agonía de la Argentina peronista, publicado aquel mismo año y reeditado en 2024 por siglo XXI. Ese título, dice Gerchunoff, suele ser objeto de un malentendido: como el mismo Halperin Donghi aclaró en una oportunidad, no se refiere a la agonía del peronismo, tantas veces muerto y resucitado (y ya hablaremos de eso), sino a la de la sociedad construida y moldeada por Perón.
Dice Halperín: “La solidez de lo logrado por el peronismo como revolución social es la razón principal para la larga etapa de desgarramientos que iba a dejar de herencia: había logrado en efecto crear una sociedad nueva, que había adquirido una vida propia y, aunque no tenía modo de perdurar, sencillamente se negaba a morir”.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Después de la medianoche del jueves, y tras más de doce horas de debate, el Senado daba media sanción con una mayoría holgada (42 a 30) al proyecto de reforma laboral del gobierno de Javier Milei. Ni la flexibilización laboral impulsada por Menem a finales de los 90, ni la polémica ley 25.250 de De la Rúa, que descarriló a la Alianza y derogó más tarde Kirchner, dejaron en su momento la sensación de que la sociedad se dirigía a un cambio profundo. Lo que experimentamos esa madrugada en el Senado parece en cambio el trágico desenlace de La larga agonía de la Argentina peronista de la que hablaba Halperín Donghi.
Esa atractiva sociedad peronista que parecía imperecedera, había internalizado la posibilidad de su propia muerte simbólica dos años atrás, con el salto al vacío libertario. Acaso ocurrió antes, al promediar el gobierno de Alberto Fernández y la tragedia multidimensional que generó la pandemia; o más atrás aún, con la llegada al poder de Macri o la salida del primer envío de Rappi. Aunque es tarea de la sociología más que de la política determinarlo, esa sociedad en los términos de Halperín Donghi, la de la larga agonía del estado de bienestar, no existe más.
No nos detendremos en el proyecto de reforma laboral, que tras la media sanción del Senado, será tratado la semana próxima en comisión en Diputados y la siguiente en el recinto, donde tiene allanado el camino. Se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre qué estudios jurídicos elaboraron la reforma, más allá de la pluma y la ansiedad de Federico Sturzenegger; sus contradicciones (el Estado subsidiará las indemnizaciones por despido con dinero de la Anses); la posibilidad de extensión de la jornada laboral a 12 horas, las vacaciones de calendario improbable, la irresponsabilidad de enfermarse y las manifiestas concesiones del Gobierno a gobernadores, entidades financieras y sindicatos para asegurar su aprobación.
Nos preguntamos sobre la continuidad del peronismo, ese otro gran imperecedero, ya no después de un desastre electoral, o una estridente derrota política, como es el caso, sino frente a la novedad de la desaparición de la sociedad peronista que conocimos. Una sociedad, arriesgamos, que no es la de la pretensión unanimista ni la de la chanza del general sobre los “peronistas a favor y en contra”. Sino la de creyentes, peronistas y no, en la prosperidad eterna, que se empecinaron en alargar su agonía.
¿O quién no presumió en el pasado por la excepcionalidad de la clase media argentina, por una sociedad que imitaba la de países industrializados maduros, en el contexto de una región atrasada y empobrecida? ¿Quién no se interroga hoy por el fenómeno contrario?
En rambletamble.com, Artemio López, habitual columnista de PERFIL, hizo una radiografía sobre el desmembramiento del peronismo. Menciona la carencia de liderazgos y sostiene que, la unidad construida en torno a la experiencia Fernández-Fernández de 2019-2023, basada en símbolos y acuerdos entre corrientes internas, “ha colapsado” y, parafraseando un giro exquisito de John W. Cook, habla de un fenómeno de “esterilidad histórica”.
Artemio resignifica la derrota del peronismo en el Senado y dice que, más allá de su amplitud, “expresa algo más profundo: apunta directamente a desarticular el núcleo organizativo histórico del peronismo tradicional”.
“El peronismo debe asumir las transformaciones políticas y sociales actuales y avanzar hacia un nuevo tipo de unidad, capaz de sostener la vocación de mayorías”, sostiene López. Desvertebrado por la perturbadora aparición de Milei, puede que ese sea su desafío. La duda es -y fatalmente vuelve a ser- sobre qué bases económicas plantear desde la periferia una nueva revolución social como la que encarnó Perón ochenta años atrás. Tristemente hoy no parece haber lugar para esa ambición.
