sábado, mayo 2, 2026

Paula Klein y el feliz retorno de las brujas a la narrativa argentina

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En su última novela, “Las brujas de Monte Veritá”, la escritora argentina radicada en París construye una trama atrapante en el marco de una legendaria comunidad utópica europea de principios del siglo XX.

Paula Klein no se detiene. Después del bello primer paso que significó “La luz de una estrella muerta” volvió a sumergirse en las aguas de la narrativa, aunque esta vez sumó nuevos riesgos y buceó aún más profundo. En “Las brujas de Monte Verità”, recientemente publicada por Lumen, construyó una trama atrapante en torno de un grupo de artistas que a principios del siglo pasado se reunió en una agreste región de Europa para dar forma a un ideal comunitario y se plantó contra todas las convenciones de la época. Desde París, donde reside desde hace tiempo, trabaja y construyó su familia, la joven narradora argentina explicó aspectos de su obra a La Capital.

Tanto en esta novela como en “La luz de una estrella muerta”, que se centra en la vida del artista plástico Alberto Greco, se percibe un amoroso interés de tu parte por lo que podríamos llamar los bordes de la sociedad, espacios donde se gesta una resistencia contra los principios y hábitos de la cultura dominante. ¿A qué se debe esa pasión por los márgenes? “Las brujas de Monte Verità” comparte con mi primera novela la atracción por personajes marginales que se resistieron a acatar las convenciones o las modas en un momento dado. Me interesa mucho la vida de esos artistas y pensadores que no dudan en ir contra la corriente, que se atreven a poner el cuerpo en proyectos idealistas que parecen, por momentos, descabellados. Incluso en sus previsibles fracasos esos proyectos dejan huellas. La búsqueda de libertad total de Monte Verità, que incluyó el amor libre, el consumo de drogas, el nudismo, el veganismo o el ideal de un matriarcado, resuena mucho con nuestras utopías del siglo XXI. La novela retoma esa pregunta fatídica: ¿toda utopía está destinada a fracasar? Mi desafío al escribir fue pensar qué tanto hay de fracaso en una experiencia así y qué restos se sedimentaron para aparecer cien años después.

El retorno a la naturaleza en la comunidad utópica. Los monteveritanos son, por cierto, apasionantes. ¿Cómo los descubriste y por qué surgió el deseo de investigar sobre ellos y convertirlos en el leitmotiv de una novela? Había oído hablar de los monteveritanos en la universidad. La historia ya me había parecido apasionante entonces, pero el tema volvió a surgir durante la pandemia, en un momento en el que varios amigos empezaron a plantearse dejar la ciudad y retomar el contacto con la naturaleza. Me interesó pensar qué tanto de los preceptos ecologistas de inicios del siglo XX estaban presentes en la utopía neorrural actual que me parecía más vaciada de ideales, más escapista, estilo “sálvese quien pueda”. En la novela, Verónica, la protagonista, tiene un hijo pequeño y atraviesa una crisis laboral y afectiva. Está bastante perdida y, en medio de esa confusión, su mejor amiga y su marido la confrontan con dos proyectos de vuelta a la naturaleza. Por un lado, el de Adrien, el esposo, que intenta convencerla de instalarse con su hijo en un ecopueblo de los Pirineos; y, por el otro, el de Lucía, una amiga que se separa de su pareja francesa y se vuelve a Argentina queriendo fundar una comunidad con sus amigas en la pampa. Verónica está boyando entre esos sueños ajenos y decide buscar inspiración en los monteveritanos para pensar qué hacer con su vida.

Se dice de ellos que fueron una suerte de protohippies: vegetarianismo, comunión con la naturaleza, libertad sexual, igualdad absoluta entre el hombre y la mujer… Una propuesta atractiva. Tanto, que sedujo a artistas y pensadores importantes. ¿Nos contarías algo de su historia? La historia de Monte Verità comienza a inicios del 1900 en las orillas del lago Mayor en Ascona, en la Suiza italiana. Al principio, fueron tres hombres y tres mujeres los que fundaron esa comunidad anticapitalista que proponía una filosofía de vuelta a la naturaleza, a una vida más rústica y simple por la vía de un matriarcado primitivo. El lugar empezó como un sanatorio naturista y, con el paso de los años, se transformó en una escuela de danza y de artes de vida. Los fundadores fueron Ida Hofmann y Henri Oedenkoven, la pareja que compró el lugar y construyó el sanatorio que se mantuvo en funcionamiento hasta 1928. Eran ecologistas avant la lettre: defendían el trabajo al aire libre, los baños de sol, el nudismo, el veganismo y, los más radicales, incluso la experimentación con drogas, el amor libre y las terapias orgiásticas. De los monteveritanos emana, perceptible y cálido, el aliento de la utopía. Este es un mundo, sin embargo, donde las utopías parecen haber fracasado. ¿Creés en su resurgimiento, o el consumo y las redes sociales destruirán todo? Lo increíble de las utopías es que, aunque los proyectos puntuales fracasen, las ideas subsisten. En ese sentido me parece más interesante pensar en términos de continuidad que de éxito o de fracaso.

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